[Sin título]

Esto no es lo que quería escribir hoy. Pero tampoco quería que mi pollo picante lo fuese tanto, así que…

Ahora en serio. Por norma general, tengo poco de lo que quejarme. Ahora mismo estoy en Dublín, delante de St. Patrick’s, sentado al solecito en la hierba mientras escucho a Rancid.

Eso no significa que todo vaya bien. Pienso en Manchester, la tristeza de los familiares (tristeza que no soy capaz de comprender, diré) y el miedo de todos. También pienso en que este imperdonable ataque saca lo peor de la gente. No solo del atacante.

No.

En Facebook vi varios estados cínicos en los que el publicador tacha al resto de hipócritas por no hablar, por ejemplo, de Venezuela. A eso, uno podría responder con un “¿Y Duterte y las Filipinas? ¿Eso qué?”. Pero no. Ese cinismo me da más o menos igual. De hecho, me gusta. Le recuerda a la gente que hay muchos más problemas que solucionar. También me molesta porque me recuerda… bueno. Exactamente lo que he dicho, que no estoy todo lo enterado que me gustaría.

Pero dejemos mi incultura aparte. Voy a decir lo que me duele de verdad. El odio.

Si leéis lo que escribo o habéis conversado conmigo durante medio minuto, me habréis oído hablar de Sir Terry Pratchett. Esto, de hecho, iba a ser un editorial para el año que viene, pero, cuanto más lo he pensado, más cuenta me he dado de que tenía que decir esto. No por los demás, sino por mi bienestar mental. Y sí, todo esto está relacionado. Al menos en mi cabeza.

Volviendo al odio (¡yaaaaay!)… Mucha gente en mi Facebook (más de una persona ya es demasiado) aprovechó este terrible atentado para decir cosas terribles de los refugiados (aun sabiendo que el atacante era un nacional británico). También decían que los refugiados iban a acabar con la fibra moral de nuestra sociedad y otras barbaridades. Bueno, vale. Puede que esté exagerando un poco, pero la naturaleza de los mensajes era clara. Eran mensajes xenófobos. Y no, no estoy exagerando al tachar esos mensajes de xenófobos con todas sus letras y el acento. Desde luego, no lo creo.

Entiendo de dónde viene ese odio: el miedo. Pero eso no lo excusa. El miedo puede excusar y justificar muchas cosas, pero nunca el odio y el rechazo. Ese odio visceral a lo desconocido no tiene lugar en la sociedad. Sé que siempre estará ahí, porque es inevitable, pero no tiene lugar.

Lo que voy a decir es complicado de aplicar, pero sé, con total y absoluta certeza, que es lo correcto. Antes, sin embargo, volvamos a Terry Pratchett. He leído un 90% de sus novelas y ensayos. Solo me faltan sus relatos cortos y un par de libros. Y no por no querer, sino por no poder.

Pero bueno. Sir Terry Pratchett, junto con mi familia y mis amigos, es uno de los pilares fundamentales de mi personalidad e identidad. Cuando falleció, lloré. Cuando me dieron su último libro, también. No me avergüenzo de ello. Pratchett cementó lo que mis padres me enseñaron: hay que ser bueno y considerado con los demás.

Sin embargo, en contra de lo que pueda parecer, él no era un hombrecillo alegre. Como apuntó Neil Gaiman en junio de 2014 y otra vez en su funeral (el público): “[Terry] will rage, as he leaves, against so many things.” Cuando lo leí, no me sorprendió. La energía del autor tenía que venir de algún sitio. La ira era su combustible. Pero él sabía usarla y cómo moldearla. Convirtió su furia en sonrisas y amor.

Sir Terry Pratchett aborrecía la estupidez humana y el egoísmo. Pero sabía que eran parte de la vida, de la misma manera que yo sé que el odio lo es. No tenía sentido erradicar ninguno de estos impulsos. Sería una cruzada inútil. Y, aun venciendo, sería una victoria tanto pírrica como efímera.

Pero, bendito sea, creía en las personas. Creía que, si nos esforzábamos, podríamos superarnos. Esa parte fea de nosotros seguiría ahí, pero a raya.

Al menos, eso aprendí yo de su obra. También, que debía ser la voz de aquellos que no pueden hablar. En ese aspecto, tristemente, no creo estar a la altura. Eso no quiere decir que no lo intente a mi manera, eso sí.

Pero lo más importante que Pratchett y sus personajes cementaron en mi mente fue, innegablemente, el amor. El autor retrató el mundo en el que quiero y espero, algún día, vivir: el MundoDisco. Y no, no me refiero en el aspecto literal (aunque, ahora que lo pienso…). Ni tampoco hablo de que sea un tanto absurdo (que también…).

No. Me refiero a un mundo donde, aunque mucha gente sea estúpida, egoísta y haga daño, los buenos ganan. No por necesidades narrativas, sino porque, en general, todos son buenos. A veces, el camino a la solución terminaba con alguien herido o incluso muerto, pero eso nunca era bueno y los protagonistas se arrepentían, pensando que podría haber habido otra solución al apuro.

Pero al final, siempre, la solución era la aceptación. Para vencer, había que aceptar ciertos cambios, hay que aceptar a la gente y trabajar en ello con ellos. Eso no quiere decir que sea fácil. Al contrario. Al principio siempre habrá roces. Pero ahí reside la victoria.

Dicho esto, volvamos al odio de nuevo (¡yaaaaay!).

Para muchos, esto será difícil.

Para otros, no tanto.

Para algunos, será una derrota (en cuyo caso, tengo una ristra de profanidades e impropiedades con vuestro nombre).

Cuando estas cosas pasan, no hay que decir solemnes gilipolleces como “lucharé por mi país.”

No.

Hay que acercarse a los demás y estar con ellos, independientemente de su credo, etnia o lo que sea. Especialmente, si nadie quiere acercarse a ellos porque se les ve como “culpables.”

El odio engendra odio.

El odio, violencia.

La violencia, odio.

Como los más avispados habréis observado, ahí hay un patrón (¡minipunto para vosotros!).

El amor y la aceptación no son la panacea. Pero sí son un maravilloso primer paso. ¿Es el más difícil de dar? Sí.

Lo sé por experiencia.

Pero cuando lo dais una vez, resulta más fácil. Poco a poco, se hace natural.

Podéis tacharme de ingenuo y lo entiendo. Pero sé que es lo correcto.

Cuando esto vuelva a pasar, no voy a decir que está prohibido asustarse y enfadarse. Al contrario. Es lo normal y no pasa nada.

Pero intentad dar ese primer paso conmigo.

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About Suricato de Asalto

Soy un suricato amaestrado. Me dedico a bailar sobre teclados y hablar de muchas cosas distintas.
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