El Suricato habla, Ep. 72: DOOM

Buenos días, tardes o noches, dependiendo de la hora a la que me estéis escuchando.

Esta semana, para la primera reseña del año, voy a hablar de un videojuego del año pasado. El DOOM.

¿Por dónde empezar?

De entrada, es uno de los juegos más gloriosamente violentos que jamás haya jugado, compitiendo con él, que yo recuerde, solo los dos Hotline Miami. Sin embargo, mientras que el primer Hotline Miami (aún no me he pasado el segundo) estaba haciendo un comentario acerca de por qué los videojuegos quieren ser tan violentos (al menos, según lo que yo saqué de la misión final), el DOOM… no… no tanto.

El DOOM tiene una historia. Sí. Sin embargo, jugar a este juego por la historia, aunque es posible y puedo entender por qué alguien lo haría, yo, de buenas a primeras, no lo hice.

Aunque es cierto que tuve especial cuidado de intentar entender todo lo que pasaba a mi alrededor, por razones que creo todos entenderéis, me resultaba mucho más entretenido luchar sistemáticamente contra las legiones del Infierno como la fuerza imparable de la naturaleza que es DOOM Guy.

La historia, a grandes rasgos, es que el protagonista se despierta en medio de una instalación en Marte encadenado a un sarcófago de piedra justo antes de que unos humanos poseídos por almas corruptas o algo así le ataquen. Inmediatamente, rompe sus cadenas y lidia con sus enemigos de una manera un tanto genérica. Salvo el primero.

A ese le ofrece un tratamiento personalizado.

Cuando DOOM Guy se ha deshecho de todos los enemigos de la sala, se pone su clásica armadura, momento tratado con el gravitas que un juego de casi un cuarto de siglo merece.

Una vez la armadura está en marcha, una pantalla anclada a un brazo empieza a explicarle a DOOM Guy lo que está pasando. El personaje replica de una manera lógica… para su personaje. Coge dicha pantalla y la lanza contra la pared con la furia de… DOOM Guy, de hecho.

A medida que vas avanzando por los trece o catorce niveles, descubres lo que estaba pasando en Marte: como la humanidad no tiene suficiente energía para mantenerse en la Tierra, Samuel Hayden, el director de la UAC, decide utilizar el Infierno como fuente de energía renovable.

No es una de las decisiones más acertadas que se puedan hacer.

Especialmente cuando tenemos en cuenta que su segunda al mando, Olivia Pierce, es corrompida por las fuerzas del Infierno y ella se encarga personalmente de liberar a las legiones del Infierno. Entre otras muchas cosas, como realizar sacrificios rituales y montar un culto dentro de la compañía. Aunque, en mi experiencia trabajando en algunas empresas, lo de los cultos no se aleja demasiado de la realidad. Y si pienso en algunos de mis jefes, lo de los sacrificios rituales tampoco me sorprendería sobremanera.

Pero, de nuevo, aunque la UAC esté cometiendo acciones moralmente reprobables con el Infierno (invadirlo para robar sus recursos energéticos y, encima, secuestrar a ciudadanos para experimentar con ellos), a DOOM Guy no parece molestarle demasiado. Después de todo, el personaje no es más que una bola de ira que solo quiere matar demonios.

Y, de hecho, es uno de los juegos que, en mi opinión, mejor unía la mecánica central del juego (disparar a todo lo que no seas tú) con la motivación del personaje al que interpretas. DOOM Guy solo quiere matar demonios.

Hay demonios.

Tiene armas y balas (o, en su defecto, los puños).

Si fuese más sencillo, estaría respirando.

Habiendo hablado de la trama, pasemos a hablar de las armas.

Hay muchas.

Puedes hacer que disparen cosas distintas a las que debieran disparar.

Muchas de las cosas distintas que puedes disparar explotan.

Eso es bueno.

Ahora en serio, la cantidad de modos de fuego que hay es abrumadora y, una vez uno se familiariza con todos, la cantidad de poder que se siente es indescriptible.

Cada arma tiene su utilidad y permite al jugador adaptarse a las situaciones sin casi problemas. Y, si uno maneja cuidadosamente la motosierra, la munición no debiera resultar un problema.

¿Por qué?

Porque cada vez que uno usa la motosierra para cortar un demonio por la mitad, la munición llueve de sus estómagos, como caramelos de una piñata.

Aunque, eso no es lo único que uno puede sacarle a un demonio de su interior. Una vez se les ha hecho suficiente daño, los enemigos empiezan a brillar, indicando que se les puede ejecutar.

Y las ejecuciones son tan violentamente sangrientas como el nombre indica. Y todas ellas varían entre sí, desde arrancarle a un demonio la cabeza de un puñetazo o, mis dos favoritas, arrancarles bien el brazo o la pierna y abatirles a golpes con sus propias extremidades.

El DOOM Guy es un hombre de múltiples talentos. El problema es que todos ellos se reducen a cómo matar a sus enemigos, talentos que solo son útiles en muy contadas ocasiones.

Pero las miradas horrorizadas de los enemigos bien merecen la pena.

El DOOM es un juego que se asegura de que el jugador no solo se sienta poderoso (el objetivo de un noventa por ciento de los juegos), sino que hace que uno se sienta como una fuerza de la naturaleza.

Una fuerza de la naturaleza alimentada por una cantidad casi inacabable de munición, adrenalina e ira.

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About Suricato de Asalto

Soy un suricato amaestrado. Me dedico a bailar sobre teclados y hablar de muchas cosas distintas.
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