Terry Pratchett y mi adolescencia

Cuando el año pasado, este mismo día, Sir Terry Pratchett falleció, prometí un artículo acerca de él. Bueno, este es el artículo que prometí. Aquí está.

No me resulta fácil hablar (o, en este caso, escribir) acerca de Terry Pratchett. No desde que murió. Aunque, si le preguntaseis a mis padres o amigos cercanos, Pratchett es, seguramente, la única persona de la que hablo (descontando a Neil Gaiman, Jeff Bridges, los Coen y, de vez en cuando, Tim Curry).

Pero no me refiero a eso. Aunque hable mucho de Pratchett, siempre siento una punzada en mi corazón cuando hablo de él o cuando le cito (que es bastante frecuente).

Pero antes de hablar de él, viajemos en el tiempo. Siete años, ocho o nueve, no estoy del todo seguro. Vayamos a Arte 9, la icónica tienda de cómics madrileña. Vayamos a la tienda que tienen en Manuel Becerra, donde más de una tarde pasé yo.

Si entraseis a la increíblemente oscura tienda, os la encontraríais un poco vacía. Después de todo, a las cinco de la tarde, por muy viernes que fuese, no había mucha gente. Las personas empezaban a llegar a las seis y media para los torneos de Magic: the Gathering. Yo, siempre que podía, iba relativamente temprano para evitar a la gente. Generalmente, me pasaba después de dejarme caer por la biblioteca pública.

No hace falta que diga que no salía mucho y que gran parte de mis amigos estaban atrapados en papel. Yo era el niño con gafas que siempre, en todos los recreos, tenía un libro debajo del hombro. O lo estaba leyendo, directamente. Dependía, generalmente, de si mis amigos estaban ese día en clase o no.

Pero bueno, quiero hablar de Pratchett, no de mi –francamente– maravillosa infancia.

Así pues, en esa oscura tienda de cómics, apoyado al lado de la puerta, estaba uno de esos gigantescos cartones de colecciones de quiosco. No recuerdo cuál era la frase con la que presentaban a Pratchett, pero no le hacía justicia. Estoy completamente seguro de ello.

Y, pegada sobre el cartón, estaba la edición en tapa dura de Ritos iguales. Lo devoré. A los dos días, hice una presentación del libro en clase y ya estaba un poco familiarizado con el barbudo que había escrito el tomo.

Por aquel entonces, el barbudo en cuestión había sabido que tenía Alzheimer, pero hablaré de su enfermedad algo más tarde, pero aprovechemos que estamos en algún momento entre 2007 y 2009 y volvamos tranquilamente al 2016.

Por esas fechas, yo era un adolescente más perdido que un pato en un garaje. Lo único que sabía que me gustaba de verdad era leer y, ocasionalmente, escribir algún relato corto. Escribir era para mí, más o menos, un feto de hobby. No era algo a lo que le diese demasiada importancia. Me gustaba (mucho), pero no le daba demasiada importancia. Prefería leer siempre que pudiese.

Sin embargo, al leer a Pratchett, algo cambió. Su sarcasmo y ácido sentido del humor corroyó la caja en la que estaba escondida mi pasión por la escritura. Por la escritura activa, eso es. Siempre me ha encantado leer fantasía y ciencia-ficción­, pero me daba miedo escribir. Más que nada porque, de niño, había dibujado un épico de ciencia-ficción/biología (reinterpreté el cuerpo humano como una ciudad à-la Bladerunner) y un amigo se había reído de mí.

Así pues, durante años, mis historias se quedaron atrapadas en mi cabeza; cosa que cualquier escritor dirá es una salvajada. Después de todo, las historias merecen ser libres y pasar de mente a mente, evolucionando y cambiando tanto ellas como a las personas que las conocen.

Es decir, durante siete u ocho años, mis historias se quedaron quietas, moribundas. Sin embargo, al leer a Pratchett, su sarcasmo me animó.

¿Por qué?

No lo sé. No recuerdo qué pasó exactamente, pero volví a escribir. Intenté encontrar un mundo que me interesase tanto como el MundoDisco (y no ha sido hasta hace un año que lo he localizado). Y digo encontrar y no crear. La clase de mundos fantásticos en los que mis historias fantásticas (y las de Pratchett) tienen lugar, existen realmente. No aquí, pero como dicen sus personajes, están al grosor de una sombra de distancia.

En cualquier caso, de momento no quiero hablar acerca de la maravilla de la fantasía.

Sigamos con Pratchett. Recientemente, para celebrar su muerte, decidí dedicar el mes de marzo a, semanalmente, reseñar uno de sus libros del MundoDisco. No soy el único que está haciendo algo similar, pero vamos a hablar de mí, que soy más importante que los demás. En cualquier caso, me he empezado a releer sus tomos y, como han pasado varios años desde la última vez, los estoy viviendo de una manera distinta.

De entrada, gracias a los libros que he leído con el paso de los años y las películas que he visto, se han confirmado mis sospechas:

Pratchett era una persona genialmente culta.

Era capaz de desmontar todo y satirizarlo.

Entre otras cosas.

Esta cultura de la que el autor hacía gala no me ha llevado solo a escribir, sino a leer otros libros, a comprar otros libros (Brewer’s dictionary of phrase and fable) y a mejorarme como persona.

Y no soy el único. Más de un doctorado se ha ganado usando sus libros como base (y muchos más se escribirán). Por no decir su doctorado honorífico por el Trinity College en Dublín.

Pero bueno, sigamos.

Pratchett tuvo una carrera interesante que yo, en mi cabeza, estoy intentando seguir lo mejor que puedo. No lo estoy haciendo muy bien, ya que él nunca fue a la universidad y yo, bueno, estoy en un centro de estudios superiores ahora mismo, mientras escribo. Pero eso me da igual. Sí que estoy, más o menos, siguiendo su estela (al menos en mi cabeza).

Pratchett, a los diecisiete años, empezó a trabajar como periodista y le gustaba decir que a las tres horas de empezar ya había visto su primer cadáver. Es algo que yo no puedo decir de mi primer trabajo como profesor de inglés. A las tres horas, eso sí, ya había visto a la primera persona que despidieron. Así que, por así decirlo, vi mi primer cadáver andante.

En cualquier caso, desde que leí Ritos iguales cogí un boli y volví a escribir historias. Generalmente, he escrito fantasía, pero también escribo reseñas desde hace poco.

Y me he dado cuenta de la fuerza que aporta escribir. Leer es maravilloso, nos ayuda a olvidarnos de lo que pasa en nuestra vida (aunque sea buena. Eso da igual) y, a mí al menos, me anima a mejorar. No vemos a dioses dorados en las historias buenas. Vemos a gente que está en malas situaciones o que tiene fallos que nosotros también podemos poseer.

Sin embargo, hasta que no empecé a escribir, no me di cuenta de lo maravilloso que es crear en lugar de consumir.

Mientras consumir entretenimiento a veces solo consiste en experiencias meramente catárticas (en mi caso, los videojuegos) o, simplemente, en olvidar y huir, crear entretenimiento consuela el alma. No solo estoy deshaciéndome de malos recuerdos e intentando enfocarlos de manera positiva, sino que sé que ayudaré a alguien (aunque solo sea, como es ahora, a cuatro o cinco personas) a huir y olvidarse de lo que les hace sentir mal. Aunque haya gente que diga que no es bueno olvidar, yo creo que sí lo es. No para siempre (obviamente), pero sí durante un rato.

Como mucha gente dice: la risa es la mejor medicina y la comedia no es más que tragedia y tiempo. Así pues, tenemos que olvidar durante un tiempo para distanciarnos y luego reírnos de nosotros mismos. O, si no podemos reírnos, al menos si enfrentarnos a nuestros errores de una manera más clínica y segura. Hemos dejado que esos clavos al rojo se enfríen y ahora los podemos coger. No para tirarlos, sino para construir algo nuevo con ellos.

Uy, qué triste se está poniendo todo esto, ¿no?

Vamos a ver si nos animamos un poquito.

Dejadme pensar.

¡Ah, sí! El humor de Terry Pratchett. No sé si lo he mencionado todavía, pero lo que sí sé es que no he hablado de él en profundidad.

Sé que en él podemos encontrar trazas de los Monty Python (posiblemente uno de los grupos humorísticos con más repercusiones históricamente), P. G. Wodehouse y Douglas Adams; aquel maravilloso escritor que descubrió el sentido de la Vida, el Universo y Todo (es 42, para todos aquellos que no estén del todo seguros). Pratchett, sin embargo, no intentó ser tan existencialista como el último ni, honestamente, estúpido como los primeros. Empezó siguiendo los pasos del segundo y así encontró su propio camino y lo recorrió a fondo.

Combinó genialmente el realismo de sus personajes (aunque nunca llegaron a ser personas del todo, tristemente) con la fantasía de un mundo plano sobre la espalda de cuatro elefantes que cabalgan a través del Universo sobre el caparazón de una tortuga gigante (Chelys Galactica). Gran parte de la comedia venía de la mezcla de gente sensata y un mundo increíblemente ridículo.

Pero su humor se manifestaba en las descripciones y conversaciones entre personajes. Pequeñas perlas de sabiduría como esta estaban llenas de humor y realismo: “El problema de tener una mente abierta, es que la gente insiste en llenarla de cosas”.

Siempre supo encontrar el justo medio entre honestidad brutal y humor asesino. Una mezcla que he buscado imitar y personalizar. Tristemente, esta búsqueda no ha tenido frutos. De momento.

Y es esta búsqueda de un afilado sentido del humor y mi amor a las palabras de Pratchett lo que me ha llevado a mejorar como escritor y, por ende, como persona.

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About Suricato de Asalto

Soy un suricato amaestrado. Me dedico a bailar sobre teclados y hablar de muchas cosas distintas.
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3 Responses to Terry Pratchett y mi adolescencia

  1. diseloajota says:

    Ha sido increible Carlos. Es muy bonito y muy profundo. Se que las palabras no pueden expresar todo lo que sientes por pratchett pero lo que has hecho no lo podría hacer yo ni en cinco años practicando diariamente. Sigue asi surcato.

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  2. Pingback: El Suricato Habla, Ep. 28: La tortuga se mueve “Ritos Iguales” | Suricato de Asalto

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