Cuando se desenvaine la última espada

El título de mi crítica es el que me habría gustado para la película, que en inglés se llama, de hecho, When the last sword is drawn. Creo que una historia como esta necesita un título poético. Pero no soy yo quien pone los títulos en español, así que vayamos al grano.

La espada del samurái (2003), de Yōjirō Takita, nos cuenta la historia del Shinsengumi (fuerza de policía especial) durante los últimos días del Shogunato Tokugawa. El relato se desarrolla a través de flashbacks: los recuerdos de Hajime Saito (capitán del Shinsengumi) y de Chiaki, quien por entonces era sólo un niño, hijo de un daimyo provincial. A través de la memoria de los protagonistas vamos completando el rompecabezas y descubriendo la vida de Yoshimura Kanichiro. Y es que la historia se centra en las adversidades a las que se enfrenta el samurái, de bajo rango, oriundo del pueblo de Chiaki, que decide abandonar su clan  y convertirse en un ronin del Shinsengumi, para así poder conseguir dinero con el que alimentar a su familia durante la hambruna que asola Japón. Aunque Yoshimura parece un mal samurái corrompido por la avaricia, conforme avanza la historia los demás personajes descubren su valor no sólo como padre y marido que se desvive por su familia, sino también como samurái.

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La película consigue emocionar y evoca los últimos días de los samurái, guerreros para los que  honor era el valor más importante en la vida. La ambientación, los combates con katanas y los vestuarios están excelentemente cuidados. El filme sobresale por  la maestría con la que recrea el ambiente de decadencia, pero sobre todo por el personaje de Yoshimura. Lejos de ser un drama que recurra a la lágrima fácil, Takita alcanza un gran nivel de profundidad y unos personajes completos y redondos que evolucionan a lo largo del metraje. No sólo se centra en mostrarnos los últimos días de los samuráis, nos habla de la historia de un hombre, de su sacrificio, del amor, la familia, y de cómo todos y cada uno de los personajes llegan a respetarlo, todo ello contrapuesto a los valores de los samurái, juego habitual en el género.

En conclusión, se trata de un jidaigeki históricamente preciso, bien ambientado, con una fotografía excelente y unos personajes inolvidables, una película que merece la pena aunque quizás no sea del agrado de todos por pecar de un ritmo algo lento.

7’5/10

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